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Del muro al paredón: 30 años sin Ceaușescu

Cuatro días antes de ser ejecutado, el dictador rumano se dirigía al pueblo prometiéndole un aumento del salario mínimo y las pensiones.


Entre la frase, «esta mañana hemos decidido que, durante el próximo año, aumentaremos el salario mínimo», y la imagen de Nicolae Ceaușescu y su esposa Elena acribillados en el paredón pasaron solo cuatro días de diferencia. Los que transcurrieron entre el 21 y el 25 de diciembre de 1989, momento en el que Rumanía cerró una larga etapa en la que su población había sido oprimida, explotada, masacrada y matada de hambre por la dictadura más feroz que ha conocido Europa desde, probablemente, la de Stalin.


El muro de Berlín había caído menos de dos meses antes, pero Europa se transformaba demasiado rápido como para que Ceaușescu pudiera asumir la realidad del desmoronamiento de su propio régimen y el del bloque socialista. El dictador rumano caminaba hacia su muerte sin comprender que el mundo se transformaba. Su último discurso fue la fiel representación de la pérdida del poder, con los silbidos extendiéndose entre la multitud congregada en la plaza central de Bucarest, mientras prometía una ridícula subida del salario mínimo, subsidios para más de cuatro millones de niños o el aumento de las pensiones. Ya era demasiado tarde.


Ceaușescu llevaba 22 años viviendo un sueño del que ahora despertaba abruptamente. Se había ganado la confianza del pueblo rumano cuando, en 1968, se opuso a la entrada de las tropas soviéticas en Checoslovaquia y amenazó con el uso de la fuerza si la URSS se atrevía a invadir el país. Muchos líderes mundiales ensalzaron entonces su figura y le recibieron con honores de Estado. Pero la realidad no era tan bonita, pues gobernó como un dictador implacable, manteniendo un estado policial de corte estalinista, alimentando la corrupción y el nepotismo, monopolizando los cargos más importantes en torno a su familia y viviendo en la más absoluta opulencia mientras el pueblo se moría literalmente de hambre. Y de miedo.



El polvorín de Timișoara


Como en otros países vecinos, a finales de 1989 una buena parte de la sociedad rumana estaba hastiada del gobierno del conducător, como se había hecho llamar en los años 80 para rendir culto a su persona. Su política económica, así como el plan de austeridad draconiano con el que se quiso liquidar la deuda nacional lo antes posible, habían incrementado la pobreza de Rumanía hasta límites insospechados, mientras la familia Ceaușescu acumulaba una de las fortunas más grandes de Europa.


El 16 de diciembre estalló la primera protesta en Timișoara, que continuó al día siguiente con la ocupación por parte de los manifestantes de la sede del Comité del Distrito del Partido Comunista Rumano (PCR) y la destrucción de documentos oficiales, propaganda política, textos escritos por Ceaușescu y otros símbolos del régimen. El mandatario ordenó disparar contra la población civil, pero, lejos de aplacar la ira del pueblo, convirtió a la ciudad rumana en un polvorín: muertes, peleas, automóviles incendiados, tanques enfrentándose a civiles y voluntarios organizados en retenes para cazar a francotiradores.

La revuelta se extendió rápidamente a otras zonas del país y llegó a la capital, causando miles de muertos en lo que fue uno de los sucesos más graves de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. El Frente de Salvación Nacional, como se llamó al Gobierno que sustituyó a Ceaușescu, informó después que los combates registrados desde el inicio de la revuelta popular se habían cobrado entre 60.000 y 80.000 víctimas.



Abucheos contra pistolas


El objetivo del discurso del 21 de diciembre de 1989 no era otro que celebrar una multitudinaria manifestación de adhesión al régimen, con la televisión retransmitiendo en directo, y condenar los sucesos de Timisoara. “Parece cada vez más claro que hay una acción conjunta de círculos que quieren destruir la integridad de Rumania y detener la construcción del socialismo, para poner de nuevo a nuestro pueblo bajo la dominación extranjera. Tenemos que defender con todas nuestras fuerzas la integridad e independencia del país”, declaró el dictador ante los tímidos aplausos de la primera línea de asistentes. Estos habían sido traídos desde las fábricas, a punta de pistola, para escuchar proclamas como “mejor morir en la batalla, lleno de gloria, que ser una vez más esclavos en nuestra propia tierra” o ”debemos luchar, para vivir libres”.


Pero Ceaușescu había malinterpretado el espíritu del resto de manifestantes, que se habían congregado en la plaza central de Bucarest para abuchearle. La imagen del dictador y su esposa Elena tratando de calmar a los asistentes, y pidiéndoles que permanecieran en sus asientos para poder continuar con su discurso, resultaba ciertamente caricaturesca, sobre todo después del anuncio de los irrisorios incrementos del salario mínimo y las pensiones.

La reacción de su «amado» pueblo fue tal que su guardia personal le recomendó que se ocultara en el interior del edificio, al tiempo que la señal de televisión era sustituida por anuncios ensalzando las bondades del socialismo. Pero la mayor parte de la población ya se había percatado de que algo extraño estaba sucediendo en Bucarest y no dudó en lanzarse a las calles de las principales ciudades para gritar «¡muerte al dictador!» y «¡abajo el gobierno!».


«Está usted solo. ¡Buena suerte!»


Ceaușescu aun tuvo tiempo de cometer un último error, quizá el más fatídico de todos: no huir de inmediato. Tenía la convicción de que la represión de las revueltas que había ordenado terminaría por apaciguar los ánimos. Y cuando se convenció de que aquello no era posible, ordenó a su piloto personal que consiguiera dos helicópteros con personal de seguridad para escapar.


Demasiado tarde. Cuando éste dio las órdenes, Ceaușescu alcanzó a escuchar la respuesta del oficial en el auricular, que sonó casi como una sentencia de muerte: «Señor Presidente, hay una revolución aquí afuera. Usted está solo. ¡Buena suerte!». Tuvo que echar entonces mano de un vehículo y huir hasta refugiarse con su esposa en un instituto a las afueras de la capital. En las calles, el Ejército había dejado de obedecerle.


Nicolae y Elena fueron detenidos pocas horas después, mientras los principales responsables del aparato de Gobierno y sus militares eran ejecutados uno a uno. Ellos no iban a correr mejor suerte. En un mismo día, el de Navidad, fueron juzgados y condenados a muerte, sin que el dictador pareciera darse cuenta de que su hora había llegado. «Sólo contestaré al Parlamento del pueblo y vosotros tendréis que responder», gritaba encolerizado, mientras daba órdenes al tribunal, insultaba al juez («usted no sabe leer ni escribir») y replicaba a su mujer: «¿Cómo permites que te hablen de ese modo?». «Usted siempre ha declarado actuar y hablar en nombre del pueblo, ser amado por el pueblo, pero solo ha hecho al pueblo esclavo de una tiranía durante todo este tiempo», le replicó el fiscal.


El matrimonio más poderoso de Rumania era maniatado y conducido directamente al paredón. Cuentan los que allí estuvieron que fueron muchos los voluntarios que se presentaron para apretar el gatillo y, cuando ocurrió, las manifestaciones continuaron en Bucarest pidiendo que fueran mostrados por televisión los cadáveres. Hasta que no lo vieran, no podrían creérselo. Aquellas imágenes, que dieron rápidamente la vuelta al mundo, ocupan un lugar destacado en la historia del siglo XX.


Cortesía Israel Viana.

Portada: hemeroteca El País, España.

Vídeo: TVR România.


Discursul lui Ceauşescu din 21 decembrie 1989. Pe 21 decembrie 1989, în contextul evenimentelor de la Timişoara, Nicolae Ceauşescu programează o adunare populară la care să participe muncitorii din fabricile şi uzinele din Bucureşti. La un anumit moment, pentru prima dată în 25 de ani, din mulţime răzbate un vuiet. Ceauşescu rămâne uimit, neînţelâng ce se întâmplă.



El final de la guerra fría


Acaba ahora el año 2019 y con él termina también el 30º aniversario de la caída del comunismo en la Europa del Este. En aquel 1989 se inició una nueva época y no solo para los países del Este de Europa. Los regímenes y gobiernos comunistas perdieron el control sobre su población y sus intentos de reforma no lograron frenar el desencanto de sus ciudadanos. Cayeron como piezas de dominó, arrastrándose en el desplome unos a otros.


Aquella caída tuvo un efecto a nivel mundial. Terminaba la Guerra Fría, el gran conflicto ideológico que había engendrado un mundo bipolar que se desarrolló a lo largo y ancho del planeta. Era diciembre de 1989, y el comunismo en la Europa del Este estaba herido de muerte. Polonia tenía desde agosto un presidente no comunista. Hungría ya se había proclamado república tras las elecciones multipartidistas de octubre. El régimen búlgaro permitió por primera vez una manifestación contraria al sistema el 17 de noviembre y para diciembre aceptó la formación de partidos no comunistas; el régimen checoslovaco cayó tras la huelga general del 27 de noviembre y en el mismo diciembre comenzaron las revueltas en Rumanía, que antes de fin de año provocaron la derrota de Ceaușescu.


Pero fue lo ocurrido en Berlín el 9 de noviembre lo que marcó definitivamente el destino de los acontecimientos. Alemania oriental era considerada como la primera potencia entre los países del Este de Europa y el desmoronamiento del muro resultó ser una grieta difícil de cerrar para los distintos regímenes comunistas europeos. Las nuevas generaciones de dirigentes comunistas, que apoyaban la Perestroika de Gorbachov y creían que sus reformas políticas y económicas podrían salvar el comunismo, se vieron impotentes ante el curso de la creciente oposición ciudadana; ni siquiera las promesas de reforma parecían asegurar la supervivencia del viejo orden comunista en el Este. Treinta años de historia han pasado desde entonces.


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