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El hombre que creó el arte moderno

El 19 de febrero fue proclamado día de fiesta nacional en Rumanía en honor al nacimiento del genial escultor Constantin Brâncuşi.


Vine a París a ver el atelier de Brâncuşi. De “Brrncush” me dijo que se dice un colega rumano. Constantin Brâncuşi no solo cambió el rumbo del arte en la primera mitad del siglo XX, también fue un caminante extraordinario, no recuerdo a ningún otro que se acerque a su proeza: en 1904, a los 28 años de edad, caminó de Bucarest a París; su ruta fue, grosso modo, Budapest, Viena, Múnich, Zúrich, luego atravesó Alsacia y, ya muy cerca de París, se subió a un tren que le pagó un paisano suyo. Llegó el 14 de julio, día de la Bastilla, a esta ciudad donde se quedaría el resto de su vida, donde se convertiría en el escultor más importante de su tiempo.


La obra de Brâncuşi, para decirlo rápidamente, reconfiguró el arte elemental de nuestra especie, la forma y los ritmos de la naturaleza, con una apabullante modernidad; estar frente a una pieza suya es como perderse en un bosque, en una pradera, en un pantano, es como abismarse frente a nuestros propios huesos: es posible, factible e inevitable, vernos a nosotros mismos en las esculturas de Brâncuşi; este es, yo diría, su valor.


Vine a París a verme en las esculturas de Brâncuşi, a buscarme en ellas como en un espejo. Vine en tren desde Barcelona, para no engrosar la huella de carbono que he ido dejando desde que, a los 15 días de edad, viajé en avión por primera vez. Tengo un diploma de la aerolínea que lo acredita. Bajé en la Gare de Lyon y caminé al Atelier de Brâncuşi, que está al lado del Centro Pompidou. En realidad, para homenajearlo de verdad, tendría que haber venido caminando desde Barcelona, un proyecto que no descarto hacer en el futuro.


Brâncuşi vino a París como lo hacían los artistas importantes a principios del siglo XX, una tradición que se ha perdido por esa tontería, muchas veces repetida en nuestro siglo XXI, de considerar a esta ciudad por debajo de Nueva York, de Londres, de Berlín; no creo que exista en el mundo otra ciudad como esta, con un elenco tan espeso de fantasmas admirables.


Al atelier de Brâncuşi, que fue cambiando de sitio en los más de 50 años que vivió en París, llegaba Ezra Pound, Picasso, Marcel Duchamp, Jean Cocteau, Léger, Matisse, y el músico Erik Satie, su amigo del alma que tocaba ahí mismo, en el piano dé Brâncuşi, sus tremendas Gymnopédies y, en alguna ocasión, la actriz Lizica Codréano, vestida para la ocasión por el escultor, bailó, aunque quizá solo se haya contoneado, un par de piezas.


En las cartas que escribía Marcel Duchamp a Brâncuşi (Correspondance Brâncuşi Duchamp, Éditions Dilecta, París 2017), se puede comprobar, como si hiciera falta, la estatura artística del escultor; Duchamp, el artista más respetado de aquella época, ese loco genial que se ha reído a carcajadas de nosotros durante un siglo, era amigo y, más que nada, marchante de Brâncuşi en Estados Unidos, en Nueva York y en Chicago, básicamente. En esa correspondencia vemos a Duchamp, que era entonces el rey del mundillo artístico, entregado a la promoción y venta internacional de la obra de Brâncuşi, seguramente porque había encontrado en las piezas del maestro rumano, eso que decía yo, hace unas líneas, del bosque y del pantano y, sobre todo, un espejo en el cual mirarse.


El atelier de Brâncuşi, que fueron varios, como he dicho, era un espacio lleno de esculturas, de herramientas y de material para sus obras que la alcaldía de París consideraba basura, tanto que en una ocasión ese taller fue calificado como vivienda insalubre, lo cual provocó una mudanza a otro atelier alquilado a nombre de Marcel Duchamp, que era socialmente más respetable.


En esta correspondencia Duchamp escribe la gran mayoría de las cartas, Brâncuşi era un hombre huraño que salía poco de su atelier, en el que trabajaba y vivía con su joven asistente suiza; cada cuatro o cinco cartas, muy solícitas, de Duchamp, eran contestadas por un tosco telegrama del escultor; por ejemplo, en un telegrama de 1933, a propósito de un dinero que estaba esperando con cierta urgencia, escribe en un francés, más o menos, de su invención, porque su lengua era, creo que no hace falta decirlo, el rumano: “Envoi argint avant ton depart ou apport-le”. Envía dinero antes de salir, o tráelo, vendría a decir el telegrama.


Unos años antes de este telegrama, en 1929, Brâncuşi hizo un retrato de James Joyce para ilustrar su libro Tales told of Shem and Shaun, three fragments from work in progress; el retrato del escritor irlandés es, aproximadamente, el dibujo de una espiral.


No describo la obra de Brâncuşi porque no hay manera de poner por escrito ese portento, hay que buscarla en Google, admirarla durante mucho tiempo, rendirse ante el maestro que nos reconectó con las esencias de la tierra, a la de cada uno, a mí personalmente me regresa a Veracruz, al pueblo en el que nací, pero también a mis novelas, a las que he escrito y a la que ahora estoy escribiendo. A eso vine a París, a dejarme sacudir por la obra de Brâncuşi, a reconocerme en sus esculturas, a verme como en un espejo; me bajé del tren, caminé hasta su atelier bajo la lluvia, arrastrando mi maleta y resistiendo un frío polar, vi sus esculturas, su casa y sus cosas, y discretamente, porque no quería perturbar al vigilante, me eché a llorar.


La firma de Jordi Soler | Milenio

Foto portada: Suffering, 1907, Museo de Arte Moderno de Chicago.


Constantin Brancusi, Marcel Duchamp y Mary Reynolds en Villefranche, 1931.


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