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El vagón de los rumanos

En homenaje a todas las victimas del 11-M y sus familiares. Especialmente a todos los rumanos que sufrieron la pérdida de algún ser querido.


El racismo y la xenofobia son generados por el miedo a lo desconocido, solo así pueden comprenderse. ¡Qué digo! Ni así pueden comprenderse. Nacer en un lugar, con un color de piel, con un físico determinado, hablando una lengua concreta, dentro de unas líneas en un mapa artificial trazado por mano humana, no es algo que uno escoja y de lo que pueda pedirse responsabilidades. Tampoco somos responsables de la historia del país en el que nacemos, ni de su economía, ni de nada que no sea causado por nuestras propias decisiones, y esas influyen muy poco en la historia global.


En este país llamado España, país de emigrantes que tuvieron que salir con sus maletas de cartón a ganarse la vida donde pudieron o quisieron acogerles, he tenido que escuchar expresiones contra los rumanos, contra todos los emigrantes que nos llegan de fuera, pero me duelen un poco más las que se dicen contra los rumanos, porque tengo dos grandes amigas rumanas, a las que quiero entrañablemente y que vinieron a este país a intentar encontrar un futuro mejor. Lo tuvieron muy difícil, como bien sé, pero han logrado salir adelante, trabajando honradamente y muchas horas, incluso han caído como casi todos en la explotación del capitalismo salvaje. A ellas dedico estas historias reales de compatriotas suyas que fueron asesinadas el 11-M.


NICOLETA


Tenía veinticinco años y había nacido en Rumanía. Trabajaba como limpiadora. Para los españoles xenófobos debo decir que entre los rumanos que vienen a España, buscando un trabajo honrado con el que ganarse la vida, hay la misma proporción de delincuentes que entre cualquier otra nacionalidad que emigra, incluida la nuestra, tampoco vamos a discutir por un número arriba o abajo. Y las mujeres rumanas, muchas de ellas poseedoras de una gran belleza exótica, no vienen a este país para seducir a españoles ricos y quedarse con su herencia, al margen de su familia, como a veces he tenido que escuchar. No se les caen los anillos si tienen que trabajar en la limpieza, aunque aspiren a algo más, como todos.

Era gran aficionada al fútbol y puede que hasta jugara en algún equipo de fútbol femenino (no tengo ese dato). Ahora el fútbol femenino está logrando salir del rincón deportivo donde han sido arrinconadas las mujeres a lo largo de la historia. ¡Quién sabe lo que ella hubiera logrado de no haber sido segada su vida por un terrorista! No importa que fuera mujer y emigrante. Cuando se tienen veinticinco años y esa increíble vitalidad, se pueden alcanzar grandes metas. Dicen que era una amiga entrañable para sus amigos, y no me sorprende, porque yo tengo dos buenos ejemplos desde hace años.


Cuentan que ese día, precisamente ese día, tomó el tren a Atocha a las siete y veinte cuando solía hacerlo a las diez. No sabemos por qué, tal vez su vitalidad, tal vez tenía que hacer algún recado relacionado con su pasión futbolística, o había pedido adelantar el trabajo para celebrar algo con su novio, si es que tenía novio. En estas trágicas historias ya hemos visto más de una vez cómo alguien cambia su rutina y eso le salva o le condena, porque precisamente ese día, y no cualquier otro, fue el elegido por quienes no creen en el ser humano y no les importa segar vidas para conseguir sus fines, los que sean, porque no hay fin que justifique los medios terroristas.


DIMA


Los nombres de las mujeres rumanas suelen ser muy bonitos, al menos a mí me gustan mucho. Tenía treinta y cinco años y era madre de un hijo de diez que seguía en su país. Trabajaba duro como limpiadora de hogar y ahorraba todo lo que podía para enviarle dinero a su hijo. Aunque vivía en Coslada se movía entre varios pueblos, donde encontraba trabajo por horas. Era natural de Tirnaveni, el país del vino, como lo es La Rioja, en España, donde actualmente vivo. No sabemos si esa era su rutina o si tuvo que cambiarla aquel día, no importa, porque cuando un terrorista elige un objetivo, el que tú estés allí no es cuestión de buena o mala suerte, es que ha llegado tu hora. Y no importa que tengas un hijo al que ames entrañablemente y por el que te estás sacrificando, cuando la muerte te toca en el hombro, no puedes librarte. Lo espantoso es que otro ser humano, un hermano, se disfrace de Parca, porque el odio ha podrido sus entrañas. Ya tenemos bastante con la naturaleza y los virus, para que otros seres humanos nos arrebaten la vida por odio. No todas las muertes son iguales.


LIVIA


Estaba enamorada de un español, tenía veintiocho años y era niñera. También se consideraba una privilegiada porque toda su familia vivía en Madrid. Primero llegaron sus padres, luego ella y después Elena, su hermana gemela, y al final su hermano Liviu. Todo le sonreía, porque cuando el amor sonríe todo nos sonríe. Además de su novio tenía a sus padres, a sus hermanos, y por si fuera poco cuidaba de niños, algo que yo considero un privilegio, aunque en mi caso mis niños son los gatos. Eran muchos los que se trasladaban en trenes a las horas en que los terroristas los hicieron estallar. Yo también viví en Madrid en mi juventud y tenía que madrugar para llegar a la hora al trabajo, primero un autobús, luego el metro. En una gran metrópoli te pasas el día viajando de acá para allá. En una gran metrópoli siempre hay mucha gente en todas partes, en los medios de transporte, en las plazas, en los jardines, en los museos, en los restaurantes. Un terrorista lo tiene fácil, hay muchos lugares donde se pueden matar muchas personas. Matar es siempre más fácil que amar, solo necesitas una bomba. Amar requiere un profundo trabajo interior durante toda una vida, en cambio odiar es sencillo, solo tienes que distorsionar el rostro de tu hermano hasta transformarlo en tu enemigo, no importa lo que te haya hecho, o que no te haya hecho nada, o incluso que te ame, el odio no es razonable, el odio es destruir a los demás porque quieres destruirte a ti mismo y no eres capaz o quieres que te acompañen al infierno, porque hasta para eso eres tan cobarde que necesitas de compañía. Pero te olvidas de que al infierno solo van los que odian, los que aman tienen el cielo en sus corazones.


Cuando ocurrió el 11-M yo no conocía a ningún rumano. Con el tiempo han ido apareciendo en mi vida, algunos para quedarse. Estos relatos están dedicados especialmente a todos los rumanos que tuvieron que sufrir también aquella inhumana matanza. Algunos murieron y sus familiares sufrieron como sufrimos los españoles y como sufren los seres humanos de todas las nacionalidades que pierden a sus seres queridos. Cuando sufres racismo y xenofobia además sufres un poco más que el resto, porque te miran sin verte, porque te esconden y te olvidan. Hoy quiero darles un fuerte abrazo, con virus o sin virus, sois mis hermanos.


Cortesía de César García Cimadevilla.

Diario Progresista.

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