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Lo tuyo es puro teatro

Actualizado: ene 18

Opinión y crítica de "El malentendido" de Albert Camus, dirigida por Mario Mocanu.

Muchos dicen que el existencialismo es la postura filosófica más interesante del pasado siglo XX, más aún cuando buena parte de los que la integraban filtraban sus propuestas a través de la literatura, el teatro o el arte en general. Prueba de ello son el ruso Fiódor Dostoievski, el checo Franz Kafka y los franceses Jean Paul Sartre y Albert Camus, por sólo mencionar los más destacados. Dos de ellos Premios Nobel.


Camus, en concreto, cuyo talento literario y sensibilidad se centraron siempre en la complejidad, desarrolló la filosofía del absurdo como variante existencialista donde se cuestiona la tendencia –casi natural- del hombre a darle sentido a la vida respecto de sí. Según esta postura, todo esfuerzo humano por encontrar un significado absoluto en el universo está condenado al fracaso pues no existe tal significado; reina el absurdo, el sin sentido. La náusea de vivir.


De hecho las obras dramáticas de Camus reflejan una paradoja: muestran conflictos ideológicos y éticos mediante personajes veraces y situaciones límite. En esta obra, escrita durante la ocupación alemana en Francia, un destino no sólo ciego sino también voluntariamente cruel convierte en criminales a seres inocentes.


El Malentendido fue escrita y estrenada en 1944, dos años después de que su autor publicara El extranjero, que junto al Mito de Sísifo son el origen de esta filosofía del absurdo. Un hombre después de veinte años regresa a casa con una identidad anónima y la ilusión de reconciliarse con su familia. Su madre y su hermana son criminales que asesinan a los clientes de su posada para robarles el dinero. A partir de la no identificación del hijo al llegar, surge el malentendido. Un sinsentido de la conducta humana, igual que la guerra, con un final carente de moral que refleja el tejido podrido de la naturaleza humana.


Grafos Teatro


Las reflexiones filosóficas existencialistas de Camus son evidentes en la obra que Grafos Teatro ha producido bajo la dirección de Mario Mocanu.


Son cinco los personajes del relato y cada uno de ellos con distintos grados de moralidad en su estado psicológico. La madre (Mariana Achim) y la hija (Gala Ramón) protagonizan un duelo insuperable: el cansancio infinito y la desesperanza frente al ansia por escapar de la muerte única y eterna: la del espíritu.



La Achim está insuperable, agónica, bien dirigida, es el dolor de madre en primera persona. El efecto cojera añadido al personaje la hace incluso más aterradora, y tanto sus movimientos de escena como especialmente sus silencios son demoledores. El director ha querido mantener el acento natural de esta espléndida actriz rumana y la piel se eriza cuando grita, cuando llora, cuando habla y, especialmente, cuando calla. Expresa el cansancio en el cuerpo y en el alma y su personaje nos lleva al límite, indiferente del mundo, cuyo único deseo es descansar de vivir.


Gala Ramón llena el escenario. La dureza gestual y verbal que emplea es la figuración misma de la muerte del espíritu; interpreta una alegoría del mundo que ha perdido la fe cuando su destino está en manos de los hombres. Se disfruta enormemente con su interpretación demostrándonos cuán lejos estamos de su personaje en el extremo amoral del ser humano marcado por el egoísmo y el nihilismo. A diferencia del cine, en el que podemos ver primeros planos, la perfecta vocalización de la actriz y su cuidada puesta en escena, impactan. Sorprende la licencia que Mocanu se ha tomado con el personaje de la hija respecto al libreto original: es ella quien desvela el malentendido y no la madre.



En contraste con los paisajes oscuros del alma de las mujeres, Camus crea a los personajes Jan (el hijo, interpretado por David Díaz) y su esposa María (María Beresaluze), quienes rebosan esperanza, felicidad y cierta ingenuidad. Tanto en la vida real como en la ficción literaria los extremos éticos conviven. La dualidad humana en este caso cobra total sentido. Jan y su mujer están del lado de la ética y aun siendo prófugos del mundo, sus personajes no alcanzan a ver el horror que significa la existencia; una postura en la que existir no es un regalo sino una condena.


Brillante David Díaz, consigue dotar al hijo en ese ser ingenuo que se mimetiza con la blancura del espacio que le rodea. El actor crea un personaje verosímil, cuyo dilema es cómo presentarse frente a su madre y hermana después de 20 años de ausencia. Vacilante, torpe, iluso y cándido, el personaje que espera ser reconocido acaba muerto. Conmociona la escena en la que María Beresaluze como esposa, nuera y cuñada, descubre la pérdida y el horror del crimen, muestra de la crueldad y la indiferencia del mundo. La visión descarnada y fría de Camus no puede ser más perturbadora: el hombre se ha quedado solo. Muere en el río más cercano un nuevo viajero inoportuno.


Finalmente el criado (Antonio Luque), quintaesencia del existencialismo. Su presencia fantasmagórica, desde el grito inicial, despierta al espectador (re)moviendo conciencias. Su ausencia muda no pasa desapercibida en momento alguno a lo largo de la obra y se convierte en el eslabón dramático clave para el resto de personajes. Es sobrehumano, oye y mira, participa en el crimen como si el sadismo fuera una conducta habitual. Sin conciencia. Recoge la identidad de Jan y después de su asesinato es el encargado de revelar la verdad. Sin necesidad de hablar. Sublime personaje y magnífica la interpretación de Luque en el papel.


El pasaporte de Mario Mocanu


De origen rumano y formación española, este actor y director teatral ha logrado con mano firme –y financiación propia- la difícil tarea de llevar a escena una obra de gran complejidad. Y lo ha logrado.


Trabajar una historia demoledora con un texto tan duro solo está al alcance de muy pocos, pero de casta le viene al galgo: amante de la perfección, puntillista y obsesivo, de enorme talento, ha reunido y dirigido un elenco de actores idóneo para la obra y ha respetado el libreto original casi al completo para lograr mantener en vilo al espectador del primer al último minuto.


El montaje, la iluminación, el sonido y la puesta en escena son sórdidos, asfixiantes “tal como yo quería, claustrofóbico”, construyendo una caja en la que el blanco y negro impera en un espacio sin adornos ni colores y en la que solo los actores y las paredes hablan de la historia. Un espacio que, como la trama, es un encierro para el espectador cuya única salida es la de encontrarse cara a cara con la interpretación.


Y es que Mocanu es en sí mismo puro teatro. No hay malentendido: es pasión por la dramaturgia. El juego de luces es símbolo de creatividad, la excelente pronunciación de los actores refleja el amor del director por el “teatro hablado” de la radio rumana, y el detalle de que la documentación del muerto en la obra sea el propio pasaporte caducado del director habla por si mismo. Hasta el más mínimo detalle está cuidado. No es de extrañar que los minutos de aplausos al cerrar el telón se prolonguen cada día más.


Le Malentendu


El malentendido es una obra de teatro en tres actos del autor francés Albert Camus, estrenada en 1944. Jan, un joven cuya vida transcurre con éxito, rico y enamorado, decide renovar los vínculos con su familia, a la que había abandonado hacía muchos años. Así, junto a su esposa María, regresa a su ciudad natal y más concretamente a la pensión regentada por su madre y su hermana. Al no saber cómo desvelar su verdadera identidad, Jan se aloja en el albergue, esperando el momento oportuno para su declaración. Sin embargo un destino cruel le espera. Su madre y su hermana Martha tienen la costumbre de asesinar a los viajeros que pernoctan en el albergue para robarles y para obtener así los recursos necesarios para escapar de esos tristes páramos y encontrar tierras más soleadas. Jan, al no revelar su identidad, sufrirá el mismo destino que depara al resto de viajeros.


Elenco: Gala Ramón, Antonio Luque, Mariana Achim, David Díaz y María Beresaluze.

Autor: Albert Camus.

Iluminación: Rocío Sánchez Prado.

Escenografía: Marcos Carazo Acero.

Producción | Compañía: Grafos - Teatro.

Dirección: Mario Mocanu.


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